40.091 momentos

Pablo Travasos

El pasado jueves se inauguró en la Fundación Valentín de Madariaga la exposición 40.091 Cartografías de un mundo en la Colección ARCO. El trabajo de comisariado realizado por Iván de la Torre Amerighi y Juan Ramón Rodríguez Mateo nos permite disfrutar en Sevilla de algunas de las obras que forman parte de los inmensos fondos de la colección ARCO, con artistas de la talla de Cándida Höfer, Carl André, Per Barclay… paralelamente a la celebración de la mayor feria de arte contemporáneo que se celebra en Madrid –y en Lisboa esta primavera-. Toda una oportunidad.

No es habitual que lleguen a Sevilla exposiciones de este calibre en centros privados y, mucho menos, que tengamos la posibilidad de participar en ellas. Al margen de la profundidad conceptual de la muestra que nos invita a reflexionar sobre dónde nacen, viven y crean los artistas, uno de los puntos que me gustaría destacar de la muestra es la participación y la importancia durante el montaje de todo un elenco de jóvenes profesionales (conservadores-restauradores e historiadores) que, liderados por Juan Ramón Rodríguez Mateo -al que se lo volvemos a agradecer desde aquí el haber confiado en nosotros-, ha logrado sacar adelante el montaje de la exposición con obras de cierta complejidad técnica. Y es que hemos de tener en consideración la dificultad que entraña la manipulación del arte contemporáneo, donde encontramos instalaciones con cableado, pequeños bloques de aluminio o fotografías de gran formato con o sin marco. Obras que, ni por asomo, tenemos la ocasión de manejar en instituciones como la Universidad de Sevilla.

Las tareas desarrolladas durante el montaje han sido numerosas, desde el desembalaje y transporte de obras hasta su colgado final en la pared, pasando por otras como la documentación e inventariado del estado de conservación de las piezas. Todo ello guiados por Juan Ramón Rodríguez Mateo y la correo enviada desde la Fundación ARCO para velar por la integridad de la colección madrileña. Guiados, no tutelados. Lo que ha resultado un efecto diferenciador a la hora de abordar este trabajo respecto al que se aborda en el sector académico y, en consecuencia, toda una responsabilidad real. Esto nos hizo trabajar de forma compenetrada entre nosotros mismos y con los propios operarios de la institución, algo que puede parecer sencillo sobre el papel y que en nuestro caso prácticamente ha sido coser y cantar, pero que en muchos casos está lejos de serlo. Probablemente lo lográramos por la calidad humana del grupo. Algo tan fundamental como difícil de lograr y que sin duda queda reflejado en el resultado final del montaje.

Este contexto humano es el que permite que sucedan diferentes acontecimientos y anécdotas. Muchas de ellas divertidas y ajenas al hecho artístico –como comer “de chino” junto a tus compañeros para llega a tiempo, o las risas por situaciones y comentarios que suceden a lo largo de la jornada- y que sin duda favorecen el buen ambiente de trabajo en equipo, algo que se nos debe inculcar desde niños. Pero, regresando al tema del montaje, a nivel personal, además del sufrimiento que me supuso realizar la instalación de la obra de Jonas Dahlberg, uno de los mayores retos fue trabajar con uno de los operarios de la fundación para colgar las veintiséis instantáneas de Emily Jacir. Es bastante complicado disfrutar de la pausa necesaria para ajustar al milímetro las piezas con un trabajador que –como es natural- está deseoso de finalizar la tarea. En un primer momento de desesperación me encaminé a solicitar el criterio y la ayuda de Juan Ramón, quien me dijo las siguientes palabras casi sin mirarme mientras se dirigía a solucionar otro de los muchos imprevistos que surgen en este tipo de ambientes: “Ya eres titulado. Tienes criterio. Soluciónalo.” En ese instante me di cuenta de que no podía retrasar más el trabajo con excusas y que tenía que buscarme la vida para hacer comprender a ese trabajador que el responsable de esa pared era yo, y yo marcaba el ritmo y las pautas a seguir. Nos entendimos rápidamente y al final acabamos llevándonos bastante bien.

Me hizo recordar la distancia que existe entre la Facultad y el mundo real. Y como hemos de estar preparatos para aprovechar oportunidades en las que confían en tu trabajo y aptitudes, y sin las que sería imposible avanzar. Pero también he recordado que es cierto aquello de que vencer sin obstáculo es triunfar sin gloria y, sobre todo, que uno no sabe de lo que es realmente capaz hasta que lo intenta. Más allá de las aulas empiezan los obstáculos y espera la gloria para aquellos que amen su trabajo y sigan buscando oportunidades. En definitiva, empieza el apasionante mundo de los retos reales. Deseo que lleguen otros 40.091 pero con grupos de trabajo tan sanos como éste porque por encima del arte están las personas y los momentos. Para ver los frutos de nuestros intentos tendrán que pasarse por la Fundación –es gratis-.

Pablo

(Spoiler: Para mi gusto quedó de lujó)

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