¡Intrusismo!

Pablo Travasos

No hay restaurador que oiga esta palabra y no se indigne. Supongo que es lo que tienen las injusticias y el saberse en poder de la razón. Porque seremos una profesión humilde y con vocación social pero, oigan, tenemos el feo vicio de necesitar comer como todo hijo de vecino. No puede ser que restauración e intrusismo sigan apareciendo en la misma frase. Es una lacra que hay que erradicar. Pero hoy pregunto, ¿estamos haciendo todo lo posible para extirparla?

Para aquellos que no lleven bien la autocrítica, les recomiendo que dejen de leer el post y se queden con la protesta del párrafo anterior. Espero abrir debate, no sentar cátedra. Pero creo que tenemos cosas que revisar para que se nos tome en serio de una vez por todas. Porque, ¿ante quién y cómo vamos a denunciar el intrusismo profesional en una profesión que no está regulada?

Hemos recibido una gran formación, tanto práctica como teórica, para poder ejecutar trabajos de un modo ético. Pero no dejamos de ver titulares en los que se critica una mala praxis. Y es que la concepción y significancia de lo ético es algo demasiado abstracto en nuestra profesión. Casi maleable en función del contexto y de la obra. Las cartas y recomendaciones son necesarias, pero el tiempo ha demostrado que también son insuficientes para el riguroso cuidado del patrimonio. Esto hace que prácticamente cualquier intervención esté expuesta a la opinión y, sobre todo, a la crítica ventajista. Crítica que, en muchos casos, -seamos sinceros- incluso llega de la mano de otros compañeros de profesión. Lo que me hace envidiar el corporativismo de los arquitectos o los ingenieros. Pero ¿qué le vamos a hacer si no tenemos ni colegio oficial de conservadores-restauradores?

Esta situación me lleva a una cuestión que considero fundamental y que ya muchas voces también reclaman: ¿para cuándo un código ético de obligado cumplimiento?¿No facilitaría esto los trámites legislativos para criminalizar algunos de los atentados que se hacen contra el patrimonio enmascarados con el hábito de la “restauración”? Si queremos derechos, nos guste o no, tenemos que responder a unos deberes que, como mínimo, impliquen la mayor de las exigencias en nuestras intervenciones. Sólo así, con trabajos y proyectos de restauración que expongan lo que somos capaces de hacer y penalice lo que no debemos hacer, demostraremos que restaurar no es un hobby y sí una profesión no sólo digna, sino necesaria.

Con esto no quiero decir que la inmensa mayoría de los conservadores-restauradores no den lo mejor de sí mismos a pesar de contar con unos periodos de entrega casi de ciencia-ficción, o que se las vean con unos presupuestos tan ajustados para poder trabajar que es un milagro dar unos mínimos de calidad. Pero podría ser, precisamente, esta necesidad de situar un listón de calidad mínima el que dejara en la estacada a la gran cantidad de farsantes que deambulan con un pincel autoproclamándose restauradores.

Este contexto, que ni mucho menos es nuevo, me invita a aplaudir la existencia de asociaciones como ACRE –entre otras muchas- que han entendido que para que nos tomen en serio primero hemos de hacerlo nosotros mismos, y que luchan por regular a nivel administrativo lo que todos sentimos y de algún modo llevamos dentro como una vocación. Es obligatorio seguir condenando a viva voz el intrusismo, pero como si de una huelga a la japonesa se tratara, pisemos también el acelerador para dejar atrás a aquellos que sabemos que no nos pueden seguir porque no tienen las herramientas que nos hace mejores en lo que sabemos hacer: restaurar y conservar con pasión, con respeto y, sobre todo, con conocimiento.

Pablo

 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Méliès dice:

    Es indignante que le d digas a alguien que eres restaurador y te espete con un “anda! yo restauro muebles” refiriéndose a los de su casa como un pasatiempo del fin de semana… Cuando alguien me dice que es médico yo no le respondo con un “anda! Yo me pongo tiritas también”

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    1. CR EcceHomo dice:

      Tienes muchísima razón Méliès

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