Un caso ejemplar

Pablo Travasos

Como es día 31 de diciembre y toca hacer balance del año que se va, qué mejor que recordar la exposición que durante los meses de marzo a septiembre pudimos disfrutar en el Museo del Prado: El San Juanito recuperado. Una escultura de Miguel Ángel en España.

Han corrido ríos de tinta sobre esta obra, así que poco puedo aportar a nivel informativo. Sin embargo, creo que es una buena ocasión para rememorar el éxito que conlleva la unión de fuerzas de profesionales de diversa procedencia y condición, pero que hablan el mismo lenguaje universal que emana del deseo de recuperar una auténtica obra de arte. Un caso de auténtica sinergia cultural a nivel internacional.

En este sentido, más allá de entrar a valorar el resultado del trabajo realizado por el Opificio delle Pietre Dure por petición de la Fundación Casa Ducal de Medinaceli, en la exposición madrileña ‘únicamente’ pudimos apreciar el último estadio de un proceso ejemplar. Y escribo ‘únicamente’ porque, a pesar de tratarse de un acontecimiento fundamental dentro de nuestras fronteras al ser la única pieza de Miguel Ángel con la que contábamos, tras sus 140cm de altura se esconden más de veinte años de investigación. Todo un esfuerzo interdisciplinar entre restauradores, historiadores, químicos… en el que, a la incorporación de nuevas técnicas de restauración basadas en la reproducción en 3D que casi nos parecen de ciencia ficción y que respetan al original, hemos de sumar el trabajo del calabrés Francesco Caglioti que confirmaba la autoría atribuida por Manuel Gómez Moreno en 1930. Trabajo fundamental el del historiador, pues sin su recopilación fotográfica y documental, la capacidad del equipo de restauración se hubiera visto seriamente mermada. En definitiva, un claro ejemplo de cómo Ciencias y Humanidades se dan la mano de forma natural en este trabajo que salió a la luz en el año 2013 pero que hasta este 2015 no hemos podido visitar en España.

Pero toda esta aventura hacia el conocimiento que se inicia con un proyecto de restauración y que nos ayuda a comprender, a respetar y a valorar una obra de arte, no alcanzaría toda su dimensión sin un ejercicio de sensibilización que nos haga ser conscientes de la necesidad de cuidar, transmitir, y -¿por qué no?- disfrutar, del resultado cosechado. Es en este punto donde, a pesar de la labor realizada desde Florencia en el que se expusieron las medidas tomadas para recuperar la imagen, creo que merece especial atención el trabajo ejecutado por el Museo del Prado que, más allá de la valiosa exposición de la obra, organizó las conferencias pertinentes para aquellos interesados en profundizar en la materia -aunque solo se hiciera en la visión histórica y se nos privara de las aportaciones técnicas que sí se expusieron en Florencia-.

En cualquier caso, este exitoso proyecto que parte desde el estudio previo y alcanza la última etapa de la difusión científica a través de estas conferencias o -en un sentido más centrado en la intervención material- el artículo del nº89 de la revista Kermes, ha permitido restituir la imagen de una obra que la barbarie de la guerra había reducido a 17 fragmentos casi inconexos. Simplemente por eso, y a pesar de todas las apreciaciones e interpretaciones que pueden sacarse siempre de una intervención aparentemente tan llamativa, no me cabe más que celebrarla y señalarla como un caso ejemplar de este 2015 que nos deja.

Pablo

P.D. ¡Feliz 2016!

 

 

 

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